Los productos alimentarios, antes de llegar a nuestra mesa, han pasado por muchos procesos y no todos “limpios”. A veces puede ser más sano comer el pez con tres ojos de los Simpsons que un tomate de la tienda de nuestro barrio.

¿Qué comemos? ¿Lo sabemos?

"Somos lo que comemos" es una frase que hemos oído en múltiples ocasiones y sobre la que, quizá, no reflexionemos lo suficiente. Nuestro cuerpo está formado por millones de células a las que nutrimos diariamente, pero ¿las nutrimos bien? ¿Nuestra dieta es equilibrada?

En el año 2004, treinta nueve eurodiputados y eurodiputadas participaron en un estudio que consistía en analizar muestras de sangre y detectar la cantidad de sustancias químicas nocivas que habían acumulado a lo largo de su vida, fundamentalmente a través de la alimentación y el resultado fue demoledor, hasta cincuenta y cuatro llegaron a encontrar en una sola persona. Los fertilizantes artificiales, insecticidas, plaguicidas, transgénicos, todos se acumulan en nuestro organismo de forma acumulativa y persistente, influyendo en nuestra fertilidad, alteraciones hormonales e incremento del cáncer.

La alimentación ecológica nos permite nutrirnos de forma saludable, aunque los precios, actualmente, no son asequibles, al menos para una gran mayoría, pero eso no debe ser un obstáculo para acceder a la misma. Todos tenemos un espacio, un balcón, un pequeño jardín, una terracita, un huerto donde experimentar y trabajar con la tierra de forma ecológica y ser nosotros y nosotras nuestros propios proveedores de alimentos, garantizando su saludabilidad y nuestra calidad de vida.

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