En las estribaciones de la Sierra de Arrábida se sitúa este puerto pesquero, gracias al descanso que ofrecen los acantilados en ese lugar de la costa.

Los acantilados de la sierra se suavizan aquí para permitir la existencia de este pequeño pueblo pesquero, que a duras penas mantiene su aire tradicional debido a la enorme presión del turismo en la zona. Fuera de la temporada alta de presencia de turistas, podemos seguir nuestro recorrido por la costa y hacer una parada para probar los guisos de pescado que se preparan en sus restaurantes. Su castillo, quizá la única edificación que merezca ser visitada en la localidad, vigila el mar desde lo alto de la sierra, y como todos los de la costa, tenían la función de vigilar el horizonte atlántico. Aunque en este caso, hay una peculiaridad: ha sido destruido en varias ocasiones sin necesidad de plantear batalla.

Es decir, los enemigos tomaban la fortificación previamente abandonada por sus ocupantes, como pasó con los almohades en el siglo XII o con los castellanos en el siglo XIV. Suponemos que así fue más fácil de reconstruir de nuevo. Dentro, la torre del homenaje y una pequeña iglesia, la de Santa Maria do Castelo, dan idea de cómo era la vida en siglos pasados, cuando ante la amenaza del enemigo los habitantes del pequeño pueblo subían a resguardarse en su castillo.

Fotos de Manuel González.

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