En México existe un dicho popular que reza así: “Cuando se revuelve el agua, cualquier ajolote es bagre.” Pero ¿qué es un ajolote?

Un ajolote, del náhuat “axolotl” (monstruo acuático), es un anfibio con cola. Su forma recuerda a la de un renacuajo gigante, con un cuerpo alargado y una cabeza grande, ojos pequeños y sin párpados. Se trata de un animalito originario de México, que pertenece a la familia de los ambistomátidos, anfibios endémicos del país centroamericano.

 

 

La primera referencia científica del ajolote la encontramos en 1615, en un libro de historia natural y, durante mucho tiempo, fue confundido con las larvas de las salamandras.

 

El ajolote vive en los lagos próximos a Ciudad de México y en algunos canales y ríos de cueva. Antes también se encontraban ajolotes en los ya desaparecidos lagos de Texcoco y Chalco.

 

Los ajolotes tienen una boca grande llena de hileras de dientes diminutos y su lengua es retráctil, como la de las ranas. En su cuello hay tres pares de branquias laterales externas que utilizan para respirar, pues, aunque tienen también sacos pulmonares, apenas los usan.

Son carnívoros, se alimentan de pequeños peces, gusanos, babosas, insectos… y, según la leyenda, nunca dejan de ser renacuajos. Y es que el ajolote ha desarrollado la capacidad de madurar sexualmente y reproducirse conservando la morfología larvaria o sermi-larvaria.

 

El ajolote es capaz de regenerar algunas partes de su cuerpo, como las extremidades, lo que le ha llevado a su estado actual en peligro de extinción, pues ha sido explotado en demasía para fines medicinales.

 

Julio Cortázar lo retrató en el cuento Axolotl (1956):

 

[…] Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. […]

 

Imagen: rubund.

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