Somos el resultado de miles de años de Historia. A lo largo de la Historia se han sucedido diferentes formas de medir el tiempo, nuestro calendario es el resultado de todas ellas.

El calendario que se utiliza en la actualidad es el calendario gregoriano, sin embargo, este no es el que se ha utilizado siempre en la Historia de la humanidad. La primera forma de la que se tiene constancia que se utilizaba por las antiguas civilizaciones para calcular el paso del tiempo es el calendario lunar. La órbita de la Luna marcaba el paso de un mes a otro, es decir, la primera fase de la luna era creciente, cuando regresaba a esa fase, había transcurrido un mes y, cuando pasaban doce meses, había transcurrido un año. Un tiempo después comenzaron a emplearse los calendarios lunisolares, que diferenciaban las estaciones meteorológicas.

 

Más adelante, en el Antiguo Egipto, encontramos los calendarios solares, que se basaban en el movimiento del astro rey para medir el tiempo y dividían el año en 365 días. De esta forma, los egipcios podían predecir el momento exacto de la crecida del río Nilo.

 

Ya en la época del Imperio Romano se marcó un calendario como tal, que dividía el año en diez meses y 304 días, aunque este calendario presentaba un desajuste importante, de hecho, el invierno aparecía fechado como otoño. Julio César lo reformó en el año 46 a. C. para eliminar este desajuste: el resultado fue el calendario juliano, que dividía el año en 365 días, retomando el calendario egipcio, y doce meses, fechando las estaciones acorde al tiempo astronómico. Este calendario dio también origen a los años bisiestos, para contrarrestar el desfase con el calendario astronómico, sin embargo, esto provocó un retraso de 10 días que se solventó posteriormente con el Papa Gregorio XIII, en 1582, y su calendario gregoriano, el vigente en la actualidad.

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